El crítico se relame los dedos. Con una servilleta en el
pecho se dispone a teclear una discusión muy bien engrasada. Afirma que los
poemas deben ser bellos, exquisitos, tan apetentes como las costillas que acaba
de probar. Todo, está convencido, debe de tener moderación, como los platillos
gourmet, así deben ser las escrituras. Asegura que la política es decorativa, y
que no debe enturbiar un arte tan bello. Ama las novelas barrocas, que se
preocupan por el detalle de cada recoveco. Dice que sí le interesa lo que pasa,
por eso tiene una suscripción a un periódico neutral y puede comentar cualquier
tema de actualidad, incluyendo los deportes y las mejores noqueadas de Muhammed
Alí. Es famoso, popular y tiene la
aprobación del gobierno. Duerme tranquilo, sabe que siempre está en lo
correcto.
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