Los viernes, el mueble de la oficina se transforma en una cápsula de dormir: uno abre el cajón de en medio y
puede meterse completo. Una vez adentro, no hay grandes posibilidades de
movimiento; sin embargo, el mismo impedimento provoca un sopor y un letargo que
llevan al sueño casi inmediato.
Esta cápsula es de una utilidad inusitada en la vida Godín: desde que descubrimos
su transformación venusina, empezamos una rutina de borrachera cada jueves en
la noche. En realidad, es un método para encoger el tiempo, pues la semana
laboral se reduce a cuatro días, donde el cuarto representa el esperado dos por
uno en cervezas que nos ha tenido celebrando en los numerables
establecimientos circunvecinos, y el viernes es un comodín lleno de sueño donde
las labores rezagadas de la semana tampoco se van a terminar (para eso existe
el lunes).
No
sabemos a qué se debe; sospechamos que la casa está embrujada porque varias
veces nos han dejado encerradas en el baño, como si alguien por fuera
estuviera tranqueando la puerta, y cuando algunas colegas se han quedado a
deshoras en el departamento, pueden oír las teclas de la computadora de mi jefa
escribiendo solas. Además, nuestra ventana se abre y cierra a voluntad a partir
de las ocho de la noche.
Podría
ser que estas paranormalidades también haya suscitado cambios físicos en el mueble destinado a archivar las carpetas de las ediciones anteriores (desde 1953
hasta la fecha, pues somos una de las pocas publicaciones periódicas que han
logrado subsistir el lustro). El bosteceo es tan intenso después de la hora de
la comida, que podría ser que el ansia por contemplar nuestros párpados haya
sido escuchada por las maderas pintadas. Si la naturaleza es empática (como las
plantas satisfechas que comparten su agua con las compañeras deshidratadas
cuando están en un perímetro cercano), bien pudiera ser que la
energía que provoca las manifestaciones inquietantes que nos tienen a todos queriendo cumplir
nuestro horario de trabajo sin más plusvalías, haya despertado el espíritu de
lo que alguna vez fue un árbol y hoy es una seca pieza de
utilería. Podría ser que la madera quiera ayudarnos, que así como en otra vida
resguardó a alguna ardilla que se acostaba en su huequito de roble con musgo,
ahora intente confortarnos a nosotros, vulnerables empleados del medio.
La
descubridora fue Laura. Su vejez prematura le impide salir los jueves y volver
los viernes entera, y va como la Llorona, lagrimeando por sus horas perdidas de
sueño. Uno de esos berrinches, se recargó en el cajón para buscar la segunda
vuelta de una lectura de pruebas para una edición sobre la nao de China que se
hizo en 1968 para celebrar la globalización, cuando su brazo flaqueó porque
estaba a punto de quedarse dormida. En vez de caer, resbaló suave como kleenex
hacia adentro y ya no salió hasta una hora después.
Desde
entonces, toda la Redacción discute por quedarse adentro un rato. Mientras
alguien está en su turno, los demás deben cubrirlo con la explicación de que
fue al banco, al baño o a entregar un documento imprescindible para el proceso
que siempre se está llevando a cabo.
Hasta ahora, no ha habido altercados, sólo el de una compinche que fue
tumbada por el mueble al querer entrar. La explicación: no tenía sueño. Estaba
insistente en probarlo sólo para ver cómo era adentro. Pero la
naturaleza no perdona y por su falta de necesidad no le dio cupo. No le
diremos a los dueños, pues no entenderán lo que sí comprendió el mueble: el
derecho a la siesta es sagrado.