domingo, 19 de junio de 2016

Cajón de sueño

Los viernes, el mueble de la oficina se transforma en una cápsula de dormir: uno abre el cajón de en medio y puede meterse completo. Una vez adentro, no hay grandes posibilidades de movimiento; sin embargo, el mismo impedimento provoca un sopor y un letargo que llevan al sueño casi inmediato.
Esta cápsula es de una utilidad inusitada en la vida Godín: desde que descubrimos su transformación venusina, empezamos una rutina de borrachera cada jueves en la noche. En realidad, es un método para encoger el tiempo, pues la semana laboral se reduce a cuatro días, donde el cuarto representa el esperado dos por uno en cervezas que nos ha tenido celebrando en los numerables establecimientos circunvecinos, y el viernes es un comodín lleno de sueño donde las labores rezagadas de la semana tampoco se van a terminar (para eso existe el lunes).
No sabemos a qué se debe; sospechamos que la casa está embrujada porque varias veces nos han dejado encerradas en el baño, como si alguien por fuera estuviera tranqueando la puerta, y cuando algunas colegas se han quedado a deshoras en el departamento, pueden oír las teclas de la computadora de mi jefa escribiendo solas. Además, nuestra ventana se abre y cierra a voluntad a partir de las ocho de la noche.
Podría ser que estas paranormalidades también haya suscitado cambios físicos en el mueble destinado a archivar las carpetas de las ediciones anteriores (desde 1953 hasta la fecha, pues somos una de las pocas publicaciones periódicas que han logrado subsistir el lustro). El bosteceo es tan intenso después de la hora de la comida, que podría ser que el ansia por contemplar nuestros párpados haya sido escuchada por las maderas pintadas. Si la naturaleza es empática (como las plantas satisfechas que comparten su agua con las compañeras deshidratadas cuando están en un perímetro cercano), bien pudiera ser que la energía que provoca las manifestaciones inquietantes que nos tienen a todos queriendo cumplir nuestro horario de trabajo sin más plusvalías, haya despertado el espíritu de lo que alguna vez fue un árbol y hoy es una seca pieza de utilería. Podría ser que la madera quiera ayudarnos, que así como en otra vida resguardó a alguna ardilla que se acostaba en su huequito de roble con musgo, ahora intente confortarnos a nosotros, vulnerables empleados del medio.
La descubridora fue Laura. Su vejez prematura le impide salir los jueves y volver los viernes entera, y va como la Llorona, lagrimeando por sus horas perdidas de sueño. Uno de esos berrinches, se recargó en el cajón para buscar la segunda vuelta de una lectura de pruebas para una edición sobre la nao de China que se hizo en 1968 para celebrar la globalización, cuando su brazo flaqueó porque estaba a punto de quedarse dormida. En vez de caer, resbaló suave como kleenex hacia adentro y ya no salió hasta una hora después.
Desde entonces, toda la Redacción discute por quedarse adentro un rato. Mientras alguien está en su turno, los demás deben cubrirlo con la explicación de que fue al banco, al baño o a entregar un documento imprescindible para el proceso que siempre se está llevando a cabo.  Hasta ahora, no ha habido altercados, sólo el de una compinche que fue tumbada por el mueble al querer entrar. La explicación: no tenía sueño. Estaba insistente en probarlo sólo para ver cómo era adentro. Pero la naturaleza no perdona y por su falta de necesidad no le dio cupo. No le diremos a los dueños, pues no entenderán lo que sí comprendió el mueble: el derecho a la siesta es sagrado.

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