La poesía tiene un proyecto: escribirse a sí misma.
Despertarse temprano, hacer el café y ponerse ropa. Como cualquiera, sólo anda desnuda en su casa.
La poesía tiene un ritual, repite sus
acciones hasta que se vuelven palabras, repite el humo hasta que da tos.
La poesía tiene una pareja, vive con ella, la despierta y la
espera en cama cuando llega del trabajo.
La poesía también pierde. A veces no gana ni
un peso. A veces, no le ladra ni un perro. A veces alguien pretende alcanzarla
y ella mira por la ventana, pensando si debe extender la mano.
La poesía tiene nombre. Es el mismo que el tuyo.
La poesía extraña a
sus familiares. Su legado es antiguo y viene de dos ramas, una
se llama como ella: poesía. La otra, se llama naturaleza viva.
La poesía es una
planta que a veces empieza a morir. A veces los insectos le mordisquean las
orillas, no pueden evitar alimentarse de su agua. La poesía es a veces de sol y, a
veces, de resolana.
La poesía se sienta a la mesa y consume los más finos
quesos, fermentados en el barril de la obsesión. Cuando tiene hambre, se avoraza
de la semilla más barata y en la noche no puede dormir porque el
estómago le arde.
La poesía sueña que se le caen los dientes, que sale sin calzones a la calle, que se casa...
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