sábado, 16 de abril de 2016

Conversación con los que no escalan

Yo también, amigos, estoy cansada del trabajo. Sin embargo, busco uno que me guste, donde pueda leer sobre jaguares y la nahualización que no entendemos. Hombres que se vuelven bestias que devoran mujeres en sus casas, que las embarazan.

Me imagino preñada por uno. Imagino unas garras en mi cuerpo, y mi boca diciéndole a mi cuerpo que se calle en la oficina, que no ruja el embrión.

Imagino que viajo a la Lacandona, que me encuentro uno de esos y me atemoriza, pero recuerdo que cuando trabajaba leí sobre ellos y entendí que nosotros éramos, antes que nosotros, ellos.

Luego vuelvo a mis nueve horas menos una de comida. Las distribuyo entre tediosas labores de administración, y tareas divertidas como poner comas y acentos a los textos que los piden. Me entretengo comentando con mi jefa cómo es que una persona con doctorado no sabe usar los nexos, y pensando en cómo eliminar las partículas innecesarias del universo que estoy reescribiendo.

Mis jefes son joyas. Si vieras a través de ellos, verías un matrimonio enamorado no sólo de sus hijos y la relación que han construido, sino también de países que están en otros continentes más allá del nuestro y del europeo. Hablo en particular de la India, ellos tienen un halo de sus rojos y de sus amarillos.

Trato de hilar con entendimiento la relación entre mi libertad y las horas que paso en la oficina. Al principio, cuando acababa de llegar y nadie sabía cuáles eran las labores que me correspondían, leía sobre el Cuarto camino y pensaba que no estaba lejos de donde estaba en ese momento. De hecho, estaba tan cerca que palpitaba adentro de mi vientre pero, hasta ahora, no he conseguido verlo.

La libertad del tiempo debe entenderse como una distribución de voluntades. Distribuiré un tanto de mis ánimos al trabajo, dejaré que mis ojos se llenen sobre todo de las lecturas de poemas que servirán para epígrafes o notas al pie de la revista que hacemos. Tendré llamadas de atención por mi dispersión porque no soy la más proactiva ni invento maneras nuevas de almacenar datos. Pero seré incluso más sincera que aquellos que sólo se sienten oprimidos por el horario y el dinero, pues amaré y me involucraré auténticamente de cada palabra que publiquemos.

Yo tampoco, amigos, quiero servir a ningún sistema. Me dijo un sabio que, con el paso del tiempo, aprenderé que justo eso, el tiempo, es el bien más invaluable. Ustedes dicen que el tiempo es un invento, un cinturón, una piedra. Un matemático me dijo que el tiempo es una medida con base en el Sol y las veces que gira alrededor de nuestro templo. Cuando me lo dijo ya lo había escuchado, pero no lo sabía aún.

Amigos, ustedes dicen que nos quedemos todos quietos y que hagamos una manifestación silenciosa e invaluable. Hay hombres que se encierran por años a no pensar en una cueva. Ni siquiera entra un jaguar a devorarlos. Estos iniciados saben del valor que han adquirido al pisar esta tierra. No intentan pagar por el aire. Por eso, Mario Leverero dice que un cura entró a su casa sin pedir permiso.

Pero el mundo es también tantos otros y si bien vislumbro aquél, lleno de paz y suficiencias, gracias a una amiga cuyo corazón late a la velocidad de un río, el mío es más bien urbano y ha crecido en un umbral lleno de escaleras; me enseñaron que cuando nací, aún no había subido ni un peldaño. Hay que trabajar por derrumbar los escalones y vivir como un animal que no escala. 

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